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PARAGUAY: MILES DE NIÑOS TRABAJAN EN VEZ DE ESTUDIAR Y JUGAR:UN GOBIERNO DESASTROSO YANTISOCIAL


Niños y niñas que trabajan y mueren en Paraguay

Liz Carolina Villasanti
Liz Carolina y Mariela se parecían en mucho. Niñas paraguayas, ambas de 10 años de edad. La pobreza las emparentaba, y el trabajo también. Liz clasificaba basura en el vertedero de Cateura, uno de los más grandes de Paraguay. Mariela también trabajaba para aliviar las penurias económicas de su familia. Pero las historias de una y otra no terminan de la misma manera. Mariela es parte del Programa Abrazo, y salió de la calle. Liz fue atropellada por una máquina en el lugar donde trabajaba, y murió en el acto.

El caso de Liz Carolina Villasanti puso una vez más en la agenda del país el trabajo infantil, esa realidad insoslayable que afecta a más de 420.000 niños de todo el país. "Deberían estar jugando y estudiando", reclaman las organizaciones de derechos humanos. Pero no lo están.

Mariela es una niña que ahora tiene 10 años, enérgica y alegre a pesar de su historia, habla casi gritando y juega en complicidad con sus amigas y amigos del lugar. Es hija de una humilde mujer con seis hijos. Para alivianar las necesidades de la familia, Mariela fue entregada al cuidado de su abuela. Desde los 6 años de edad tuvo que trabajar. Recientemente el Programa Abrazo le trajo a Mariela una luz de esperanza cuando la abuela visitó el centro y aceptó la invitación de inscribir a Mariela en el 


programa. Desde entonces, Mariela estudia y se divierte... y no trabaja. Sus notas en la escuela repuntaron notablemente.

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Alto porcentaje de mortalidad durante embarazo




Alto porcentaje de muertes se registra en adolescentes embarazadas.

EL LOBO DE WALL STREET Y LA LOBA DE DICAPRIO



El lobo de Wall Street




El prestigioso cineasta Martin Scorsese ha llevado a la gran pantalla la historia
basada en hechos reales del corredor de bolsa neoyorquino Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio). Empezando por el sueño americano, hasta llegar a la codicia corporativa a finales de los ochenta, Belfort pasa de las acciones especulativas y la honradez, al lanzamiento indiscriminado de empresas en Bolsa y la corrupción.

Su enorme éxito y fortuna cuando tenía poco más de veinte años como fundador de la agencia bursátil Belfort le valió el mote de “El lobo de Wall Street”.

Dinero. Poder. Mujeres. Drogas. Las tentaciones abundaban y el temor a la ley era irrelevante. Jordan y su manada de lobos consideraban que la discreción era una cualidad anticuada; nunca se conformaban con lo que tenían.

Martin Scorsese tiene 71 años, pero la energía y vitalidad (así como el absurdo y humor negro) que desprenden las tres horas de metraje de El lobo de Wall Street, su último largometraje, parecen las de un realizador bastante más joven. La alocada crónica de la vida de Jordan Belfort, un broker de Wall Street que se enriqueció brutalmente durante los noventa y que se negó a reconocer y delatar a sus cómplices, abunda con delicioso cinismo en los aspectos más delirantes de la vida del ejecutivo.

Pero a pesar de su énfasis en lo puramente festivo y efectista, El lobo de Wall Street sin duda pertenece a la liga de películas extraordinarias de su director. Es más, el recuerdo de Uno de los nuestros, Casino y Toro salvaje campa a sus anchas y más que nunca a lo largo de su extensa duración: al fin y al cabo, y como los protagonistas de aquellas películas, pese a no ser un mafioso o boxeador de clase baja, Belfort es un soñador que se construye un mundo propio para huir del real, demasiado aburrido y limitado, por mucho que ello suponga infringir toda moralidad y un buen número de leyes.

En manos del director y su intérprete, un excelente Leonardo DiCaprio, Belfort se erige, con su imagen pulcra y sonrisa traviesa, en una nueva versión de los mafiosos asociados al cine de Scorsese. Aunque trabaja con un teléfono en las manos y no una pistola, la manera de presentarnos la historia del tipo en cuestión resulta igual de amoral y trepidante. Una vida, por cierto, que nos narra el propio Belfort (no se pierdan el comienzo del filme, con DiCaprio presentándose como hilarante narrador a la propia cámara... lanzando enanos a una diana) y que tiene mucho en común con las de aquellas obras maestras de mafiosos italianos. El lobo de
Wall Street, basándose en el libro autobiográfico del ejecutivo, pese al detenimiento con el que describe las extravagancias y fiestas locas de su protagonista, sigue siendo una clásica -y casi mitológica- historia de ascenso y caída de esas que tanto gustan a Scorsese.

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Wall Street sin moraleja, según Martin Scorsese


Jordan Belfort quiere que solucionemos nuestros problemas echándoles dinero encima. O cocaína. O 'quaaludes', una droga de los 70 que produce un efecto parecido al de los barbitúricos. O alcohol. O un buen polvo. Pero lo que funciona mejor, según Belfort, es hacerlo todo al mismo tiempo.

Así es como quiere que combatamos nuestros problemas. Y así se lo dice a los mil empleados de la empresa que ha fundado y que él dirige: Stratton Oakmont. Tampoco hace falta convencer demasiado a los trabajadores de Strattmon Oakmont de que ésa es la fórmula correcta para ir por la vida. Si acaso, lo más duro podría ser hacer que se pasen a los quaaludes y que dejen el crack. O que no se masturben en medio de una fiesta cuando aparece una modelo. Belfort sugiere esa terapia porque a él le funciona. Así es como el broker lleva las decepciones cotidianas. Que tampoco son muchas, al menos comparadas con las de un currante normal. Y así lo comunica Leonardo DiCaprio en su interpretación de 'El lobo de Wall Street', que se estrena en España el próximo viernes.
 
Belfort se conforma con ganar 21 millones de dólares en media hora. Con ese dinero a base de estafar a todos los pobres pequeños ahorradores que se han creído las mentiras que él y sus colaboradores les han contado. Y con no pagar nada a Hacienda.

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Mis días y mis noches al lado de los ‘lobos’ de la City londinense


Como a otros muchos que hayan pasado por Wall Street o la City, El lobo de Wall Street me trae a la mente no pocas situaciones vividas dentro y fuera del trading floor y no pocos personajes con los que trabajé a diario en una época de mi vida. 
Las prácticas abusivas de mercado, actuar al límite de la regulación y castigarse el cuerpo a diario forman parte de esta atmósfera: Work hard, play hard. La diferencia fundamental entre el mercado actual, fuertemente regulado y con gran transparencia y velocidad en el flujo de información, en comparación con el mercado de los 80 y 90, con poca regulación y gran opacidad, reside en que hacer front-running (inversión ventajista) a clientes y colocarles posiciones que no interesaban a la propia entidad era mucho más fácil y rentable entonces que ahora.
Liar´s Poker, escrito por Michael Lewis hace más de 25 años, cuenta en primera persona cuán salvajes eran los mercados financieros en los años 80. Curiosamente, una de mis grandes sorpresas al desembarcar en Londres en 2005 fue comprobar cómo, a pesar de existir literatura tan explícita al respecto, la cultura y manera de funcionar seguía siendo en esencia la misma. Work hard, play hard.
Nada más llegar a la capital del Támesis, un compañero me dijo: “Si no te llevas bien con los traders, ni la vas a oler. Si te los ganas, te putearán pero luego harás pasta”. Al principio ignoré este consejo y sólo recibí malos precios, gritos, y risas a mi costa. Tuve un par de broncas serias, en una casi llego a las manos… Hasta que accedí a entrar en el círculo y mi vida –dentro y fuera del trading floor– cambió por completo.
La primera vez que salí con ellos, tras mostrarme su flota de Aston Martin, Ferraris y Lamborghinis, se gastaron más de 8.000 libras entre reserva de mesa, botellas de champán, chupitos, copas y demás materiales… El tipo con el que casi me había zurrado semanas antes me estuvo invitando toda la noche a copas y me ofreció irme con él y con otras dos chicas que acabábamos de conocer a la Riviera Francesa en avión privado al día siguiente.

La actriz australiana está ahora de actualidad gracias a El lobo de Wall Street. Su papel de esposa del "broker" DiCaprio, que incluye algún que otro espectacular desnudo, nos presenta a una actriz joven y bellísima con un futuro prometedor. 

Estrenarte en Hollywood simulando una felación a Leonardo DiCaprio en un Ferrari blanco (“como el de Don Johnson en Corrupción en Miami”) es empezar muy abajo… o muy arriba, según se mire. Y es que en una película como El lobo de Wall Street, dirigida por Martin Scorsese y recién estrenada, en la que los desnudos se cuentan por docenas, ninguno ha sido tan comentado como el de Margot Robbie, australiana nacida en 1990 y a la que muchos ya describen como la Kylie Minogue del siglo XXI.

La chica (heavy) que le pegaba a todo. Los inicios de Robbie son, al menos, parecidos a los de la diva pop australiana: la actriz interpretó también a un personaje controvertido en Neighbours (Vecinos), inagotable culebrón australiano del que han salido otras estrellas de las antípodas como Guy Pearce, Russell Crowe o Jesse Spencer. Robbie pasó de trabajar en una cadena de comida rápida a ser Donna Freedman, la primera inquilina bisexual de la Calle Ramsay, donde transcurre la trama. El morbo estaba asegurado y a la pobre Margot ya no la dejaban asistir tranquila a los conciertos de Slipknot: “No sabes lo que es estar rodeada por góticos tatuados preguntándote por el argumento de una serie para amas de casa”, ha explicado.

Un vuelo… estrellado. Con el aplomo de esa Duquesa de Bay Ridge a la que interpreta en El lobo de Wall Street, Margot pronto abandonó Australia para probar suerte en América. Y la cosa pintaba bien: la contrataron para ser parte del personal de cabina de Pan-Am, la glamurosa serie de Christina Ricci sobre azafatas que aspiraba a convertirse en la nueva Mad men. El vuelo fue accidentado, pues por más que se acortaban las minifaldas, el share no hacía más que menguar. Tras el aterrizaje de emergencia, llegó su gran oportunidad.
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Publicado por Alejandro Mon